Ciencia ficción y vocación científica

Los cuentos fantásticos nos obligan a pensar “fuera de la caja”
Clotilde Fonseca
Ministra de Ciencia y Tecnología de Costa Rica

Corría el año 2000 cuando Sheldon Glashow, premio Nobel de Física, estuvo en Costa Rica. Visitó el país invitado por su extraordinario alumno –él también físico–, Alejandro Jenkins. “Vine a buscar más alumnos como Alejandro” –dijo con una sonrisa cuando nos lo presentaron–, “todo indica que en este país hay una buena cosecha de alumnos como él, en los colegios científicos”.

Fue Victor Buján quién primero abrió el diálogo: “Dr. Glashow, ¿cuál fue la experiencia formativa más importante de su proceso educativo?”. El eminente físico no dudó en contestar: “¡Ah, sin duda el club de ciencia ficción del colegio científico del Bronx!”

Glashow empezó a hablar de la importancia de la ciencia ficción como recurso para desarrollar vocaciones científicas. No se refería, sin embargo, simplemente a la literatura fantástica. Tenía en mente, más bien, aquellas creaciones literarias que están ancladas en la ciencia, en la extrapolación del conocimiento científico de punta.

Se refería, en realidad, a la “ficción científica”, como suelen llamarla técnicamente los entendidos en la materia, a la que estimula el intelecto y la imaginación científica, que, como todos sabemos, son fundamentales para el desarrollo de la ciencia avanzada, para la creación científica que hoy se conoce como “ciencia dis-ruptiva.”

Genial idea. La afirmación de Glashow me remitió de inmediato a las teorías de Bruno Bettleheim de los años setenta. Para formar buenas mentes científicas, había dicho aquel connotado filósofo y científico en la revista Psychology Today, es preciso que los niños lean cuentos de hadas. La genial idea de Bettleheim parecía, en aquel momento, una especie de locura.

Sin embargo, hoy sabemos que los cuentos fantásticos estimulan la imaginación, obligan a superar el pensamiento rutinario y son buenos para fomentar la capacidad creativa y la innovación porque nos obligan a pensar “fuera de la caja,” y, lo más importante, incentivan la capacidad simbólica. Después de todo, decía Cassirer, los seres humanos somos, ante todo, “animales simbólicos”.

Desde entonces, he estado convencida del inmenso poder que tiene la ciencia ficción para cultivar competencias y vocaciones científicas. No se trata tan solo de leer ciencia ficción sino, ojalá, de concebirla y escribirla. La clara convicción de que la creación literaria a partir de ideas científicas tiene un poder formador extraordinario ha hecho que me haya atrevido a impulsar ideas de esta naturaleza. Está en la base, también, de mi interés reciente por crear clubes de ciencia ficción en Costa Rica, en asocio a colegios científicos y universidades así como de ciudadanos que sienten una especial pasión por este género literario, al igual que por la ciencia.

Antes de lanzarme a la aventura de formalizar la idea, quise reconectar con Sheldon Glashow para que él nos ayudara a recuperar su experiencia y para incorporarla en los procesos de diseño. Fue gracias a la intermediación de Pablo y Alejendro Jenkins que reabrimos el diálogo sobre su experiencia.

Con la amplitud y generosidad de espíritu que lo caracteriza, Glashow ha puesto a disposición nuestra algunos de sus más preciados recuerdos y reflexiones sobre el tema. Sus valiosas observaciones las recibimos por la vía digital. Llegaron cargadas de lucidez y frescura. No están exentas de asombro y paradoja, como podrá constatar el lector. Paso a explicarlo.

Como suele ocurrir en estos casos, Glashow entró al Colegio Científico del Bronx tras superar un duro examen de admisión. No se trataba de cualquier colegio. Hablamos de una institución destacada, que produjo alrededor de siete premios Nobel de Física en el lapso de unas pocas décadas.

Paradójicamente, y aunque resulte casi increíble, Glashow confiesa que en aquel colegio “la enseñanza de las ciencias no era particularmente buena”. El eminente físico se queja de que no se aprendía allí nada sobre partículas, núcleos, mecánica cuántica o relatividad. La física –campo en que el finalmente ganaría el Nobel– no parecía ser el fuerte.

En opinión de Glashow, la enseñanza de las matemáticas, sin embargo, era simplemente extraordinaria. Aun así, afirma, no parecía ir mucho más allá del álgebra avanzada y la geometría de sólidos. Fueron las matemáticas, además de la altísima calidad de la enseñanza de las humanidades, lo que en el fondo marcó de manera excepcional aquellas mentes privilegiadas.

Lo que era realmente crucial en el colegio, lo que auténticamente valía la pena, era el nivel intelectual de los compañeros y las interacciones que entre ellos se generaban. ¡En eso residía realmente el valor de la experiencia del Colegio Científico del Bronx! Aquellos muchachos realmente tenían vocación. ¡Querían aprender ciencias! Estudiaban, discutían, compartían, se ayudaban entre ellos. Glashow rememora por ejemplo, que Dan Greenberger –hoy profesor de física de la Universidad de New York–, era quien le enseñaba cálculo a la hora del almuerzo.

“Lo que no aprendíamos en el colegio lo aprendimos entre nosotros.” Lo crítico en aquel ambiente era la coexistencia de jóvenes de gran capacidad, interés intelectual e inclinaciones científicas. Visto en perspectiva, confiesa Glashow, posiblemente eran “excesivamente intelectuales”. Estaban apasionados por pensar, analizar y crear. No debería extrañarnos, por lo tanto, que organizaran entre ellos un club para escribir ficción científica. Se reunían en las aulas y las casas. Publicaban sus trabajos utilizando el anticuado mimeógrafo del colegio. Hasta ganaron premios en concursos externos.

Estímulo a la imaginación. Glashow concluye que “no fueron las instalaciones físicas lo que importó realmente”. Lo que fue fundamental de su experiencia es que en el colegio contaron con un ambiente rico y riguroso que estimuló —en vez de limitar— la imaginación. ¿Qué puede ser más poderoso? Y es que en la ficción científica confluyen el conocimiento, la indagación, la especulación, la emoción y la imaginación.

En el mundo de la ciencia, tal como lo afirma con frecuencia Alejandro Jenkins, siempre hay “preguntas que permanecen despiertas”. Como es obvio, la ciencia ficción constituye un recurso para aventurarse a plantear hipótesis y respuestas. Después de todo, como decía Einstein, “la realidad supera toda fantasía”.

Tomado del diario La Nación
Costa Rica

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