El sistema: un poema de Eduardo Galeano

Eduardo Galeano

El sistema 
Los funcionarios, no funcionan.
Los políticos hablan, pero no dicen.
Los votantes votan, pero no eligen.
Los medios de información desinforman.
Los centros de enseñanza, enseñan a ignorar.
Los jueces, condenan a las victimas.
Los militares están en guerra contra sus compatriotas.
Los policías no combaten los crímenes, porque están
ocupados en cometerlos.
Las bancarrotas se socializan,
las ganancias se privatizan.
Es más libre el dinero que la gente.
La gente, está al servicio de las cosas.

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Las tribulaciones del niño bueno

Premio Nobel Mario Vargas Llosa alcanzó el máximo galardón literario tras una vida intensa en las letras

Manuel Bermúdez

En las primeras horas de la mañana del jueves 7, mientras la perfecta luz de octubre empezaba a pintar de otoño el paisaje de Nueva York, Mario Vargas Llosa recibió por teléfono la noticia largamente anhelada.

Más tarde, en una nutrida conferencia de prensa en el Instituto Cervantes de Nueva York, confesaría que estaba leyendo algo de Alejo Carpentier para sus clases como profesor invitado en Princeton.

Con el anuncio público la prensa le cayó en su casa; la televisión española fue de los primeros medios en entrevistarlo. Él estaba dispuesto. Una sonrisa enorme, que se había hecho esquiva desde 1990, florecía incontenible en su rostro por lo general adusto, disfrazado ahora por la alegría. Con desparpajo reconoce: “Este es un premio que halaga enormemente la vanidad de un escritor”.

Muchas veces se le había mencionado como posible candidato al mayor galardón de las letras, quizás porque muchos advertían que se lo merecía.

Revela que prepara su próximo ensayo que es sobre la sociedad del espectáculo; pero la mañana del jueves él mismo se vio convertido en uno de los más llamativos para los medios de comunicación, el menos en Occidente.

Nacido en Arequipa, al sur del Perú, el 28 de marzo de 1936, Mario Vargas Llosa es uno de los escritores más importantes en lengua castellana.

Fue figura emblemática del boom editorial latinoamericano que dio a conocer al mundo algunos de los mayores narradores de este continente como el cubano Alejo Carpentier, los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, el uruguayo Juan Carlos Onetti, el chileno José Donoso, los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, el colombiano Gabriel García Márquez y los brasileños Jorge Amado y Guimaraes Rosa; fenómeno libresco que a su vez fue catapultado por la concesión por primera vez del Premio Nobel de Literatura a un narrador latinoamericano, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias en 1967.

La obra narrativa de Vargas Llosa destaca por su gran trabajo con el idioma que le provee una lectura fluida y cautivante y sus personajes maravillosamente dibujados.

La academia le reconoce su manera de expresar el poder y la condición del individuo frente a él.

El nombre del padre. Hijo único, de padres divorciados, desde niño, su madre y familia materna le hicieron creer que su padre había muerto, por lo que no fue sino hasta que ya había cumplido 10 años de edad cuando vino a conocerlo. Sus padres volvieron a vivir juntos, pero la relación del niño con un progenitor tiránico siempre fue conflictiva, como él mismo lo confiesa en su obra autobiográfica El pez en el agua (1993); esa mala relación posiblemente dio pie a esa “cartografía del poder” que ahora premia la academia sueca.

Su tentativa fracasada de asumir la presidencia de Perú en 1990 quizás haya sido el fallido intento freudiano de resolver ese antiguo conflicto con su padre.

Pero la producción y el trabajo literario fueron el refugio y la sublimación de sus frustraciones.

Cuando el recién encontrado padre lo envió de interno al Colegio Militar Leoncio Prado, para evitar que se hiciera “un mamita” y anduviera metido entre libros, Vargas Llosa enfrentó la cruda realidad del maltrato y los abusos. Más tarde tradujo aquella experiencia en su primera novela La ciudad y lo perros (1963), donde se refleja en el personaje protagónico el Poeta, mientras retrata a otros más brutales y víctimas del poder como el Jaguar y el serrano Cava.

Un año antes de graduarse abandonó la escuela militar y se refugió en la casa de su abuelo materno en Piura, al norte del país, donde terminó la secundaria y dio sus primeros pasos en el periodismo.

Periodista. Un elemento clave en la obra y vida de Vargas Llosa es el periodismo. Sus primeros trabajos en periódicos locales de Piura, el ambiente agitado de la redacción y la complicidad y bohemia asociada con trabajo luego del cierre de edición, lo cautivaron.

Luego regresó a Lima para estudiar Derecho y Literatura, pero continuó con su trabajo periodístico, esta vez en la Radio Central. Del mundo de la bohemia surgió años más tarde su segunda novela y una de las más experimentales La casa verde (1966) con la que obtuvo el premio Rómulo Gallegos. Se trata de la historia de un burdel donde el retrato que hace de sus personajes y las emociones humanas lo consagran ya como un gran narrador.

Gracias a una beca, en 1959 viajó a España para estudiar el doctorado en Letras en la Universidad Complutense de Madrid.

El contacto con la vida intelectual en Europa y la red de amigos escritores que había construido por artículos que escribía para revistas en varios países latinoamericanos, lo llevaron por una senda que ya no quiso abandonar nunca.

Se trasladó a vivir a París, que era por entonces la meca de los intelectuales latinoamericanos. Entre penurias económicas y fascinación pasó algunos años de mucho trabajo literario mientras preparaba su carrera de escritor. Los relatos que escribió en esos años los reunió en un primer libro de cuentos Los jefes (1959) que fue premiado, lo que lo alentó su decisión de dedicarse a la literatura.

Altibajos. La agitada vida de Vargas Llosa sin duda ha influido en su obra. De aquellos convulsos años 60 con toda la pasión del escritor veinteañero exitoso, acuerpado por una intelectualidad predominantemente de izquierda, surgen algunas de sus mejores obras como las ya citadas y Conversación en La Catedral (1969). Luego se distancia de los intelectuales de izquierda y vienen obras experimentales y satíricas como Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977).

En 1981, publica una de sus novelas más aplaudidas, La guerra del fin del mundo, sobre la guerra de los sertones en Brasil, con base en la crónica de Euclides da Cunha.

Los 80 fueron años de más participación política de Vargas Llosa con centeneras de artículos en la prensa internacional donde se oponía a la mayoritaria tendencia izquierdista de la intelectualidad latinoamericana y de sus antiguos compañeros escritores. De esta época son obras consideradas menores como Historia de Mayta (1984), ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), El hablador (1987) y Elogio de la madrastra (1988).

Eso lo llevó a la participación política directa por la presidencia en Perú en 1990 que culminó con una dolorosa derrota. Tras esa experiencia asume la nacionalidad española y publicó sus memorias El pez en el agua y Lituma en los Andes, novela con la que obtuvo el premio Planeta.

Tras una fallida Los cuadernos de don Rigoberto (1997), Vargas Llosa cautivó con una novela sobre un dictador latinoamericano, como lo habían hecho algunos de sus compañeros del boom. Publicó La fiesta del chivo (2000) acerca de Leonidas Trujillo en República Dominicana.

Más recientemente con Las travesuras de la niña mala (2006) rinde un homenaje al post romanticismo de su admirado escritor francés Gustave Flaubert.

En noviembre próximo aparecerá su novela El sueño del celta.

Tmado de La Nación, Ancora, Costa Rica

Un Nobel para la libertad

Carlos Alberto Montaner

La Academia Sueca explicó extrañamente la razón por la que le ha otorgado el Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa: por su “cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”. Menudo galimatías. Me imagino que el escritor debe haberse quedado estupefacto. Mucho más sencillo era haber declarado que premiaban al novelista vivo más notable de la lengua española.

A Mario lo sorprendió la noticia en la Universidad de Princeton, donde dicta un curso este semestre. Óscar Haza, el periodista dominicano de Miami, le hizo la primera entrevista tras la concesión del Nobel. Eso, en el argot, se llama “un palo periodístico”. Yo estaba en el aire, junto a su hijo Álvaro Vargas Llosa, celebrando el triunfo, cuando lograron comunicarse con él. Este año las crónicas ni siquiera lo mencionaban entre los candidatos. A Mario hasta se le había olvidado que por estas fechas los académicos suecos seleccionan al ganador. Siempre madrugador y cuidadoso, preparaba su clase cuando recibió la inesperada llamada de Estocolmo.

Fenómeno extraliterario. Hace mucho tiempo, desde que en 1981 publicó La guerra del fin del mundo, una extraordinaria novela de tema brasileño, Mario merecía este reconocimiento. Probablemente es el único galardón importante que no había recibido. Es impresionante la lista de premios, doctorados y distinciones que le han otorgado a lo largo de sus 74 años. Algunos se lo han dado para honrarlo a él y otros para realzar a la institución que lo concede, pero esa es la inevitable ambigüedad de todas las condecoraciones. En este caso, si Mario moría sin el Nobel de Literatura, habría sido otro fallo imperdonable para una institución que, a lo largo de su historia, ha ignorado a figuras del tamaño de Kafka, Joyce o Borges, mientras premiaba a algunos escritores de mucho menor calado.

En esta oportunidad, sin embargo, hay un fenómeno extraliterario que agiganta moralmente la figura de Mario Vargas Llosa. Entre las docenas de mensajes que he recibido, abundan los enviados por venezolanos, nicaragüenses, cubanos y chilenos. Todos se muestran agradecidos por la permanente defensa de la libertad que el peruano, junto a su mujer Patricia y su hijo Álvaro, han convertido en un verdadero leitmotiv familiar. Parafraseando a Churchill, “nunca tantos le han debido tanto a tan pocos”. No hay un tirano latinoamericano que no haya tenido que afrontar sus críticas. No hay un demócrata perseguido que no haya encontrado su mano amiga cuando ha llamado a su puerta. No hay una protesta pública que no lleve su firma si la causa valía la pena. Incluso, creó y preside la Fundación Internacional para la Libertad, con el apoyo del economista argentino Gerardo Bongiovanni, para difundir eficaz- mente las ideas en las que cree.

Peligrosa tembladera. Para los latinoamericanos esto es muy importante. Vivimos en una peligrosa tembladera política en la que la libertad y la democracia siempre penden de un hilo. En el pasado, los militares daban un manotazo y se apoderaban del Gobierno, pero hoy la amenaza más obvia proviene de mandatarios electos que utilizan su autoridad para desmantelar el Estado de derecho y convertir el sistema judicial en un instrumento para perpetuarse en el poder y perseguir a sus adversarios, como ocurre en Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Frente a ellos, por la legitimidad de origen que poseen, los Gobiernos genuinamente democráticos e instituciones como la OEA permanecen en silencio, y solo las protestas encabezadas por grandes figuras consiguen abrirse paso hasta los titulares de los medios de comunicación. Esta firmeza en defensa de la libertad le ha resultado muy costosa a Mario Vargas Llosa. Como siempre sucede, los amigos de las tiranías lo han acusado de haberse vendido a Washington o de agente de la CIA, y no han escatimado los peores agravios y calumnias. Incluso, han puesto en peligro su vida, como sucedió en Rosario, Argentina, hace un par de años, cuando los grupos comunistas más violentos apedrearon e intentaron quemar un autobús en el que viajaba en unión de otros escritores participantes en un seminario organizado por la Fundación Internacional por la Libertad.

¿Qué va a suceder con Mario ahora que posee el Nobel? Nada especial, salvo en un aspecto que ha destacado con humor su hijo Álvaro: ya nadie volverá a mortificarlo con la incómoda pregunta de por qué este año no le concedieron el Nobel. Por fin se hizo justicia.

Tomado de La Nación, Costa Rica

Vargas Llosa: el poder de la ficción

No se escriben novelas para contar la vida, sino para transformarla. Llosa

Fernando Araya

Mi identificación con el arte narrativo nace a partir de la lectura de la obra de Mario Vargas Llosa, el escritor latinoamericano y universal que ha sido laureado con el Nobel de Literatura 2010. Al leer Lituma en los Andes (1993), me sedujo la frescura y fluidez del lenguaje, el realismo portentoso de la historia y el carácter desmitificador de la palabra. Poco a poco, me acerqué al resto de su producción literaria, teatral, autobiográfica (El pez en el agua, 1993) y ensayística; este ha sido un viaje maravilloso en la geografía de la imaginación y de la rigurosidad intelectual que me ha descubierto aquello que Vargas Llosa reconoció desde su temprana adolescencia: El poder de la ficción, a la que el autor de La fiesta del chivo y La guerra del fin del mundo define como la capacidad humana de ‘desacatar la vida tal como es y luchar por transformarla’ (El viaje a la ficción: El mundo de Juan Carlos Onetti, p. 17).

I. Un rito antiguo: La rebelión. Este tránsito no lo he realizado como teórico especialista –que no soy ni quiero ser–, sino al estilo del antiguo rito, que al decir de Vargas Llosa practicaban nuestros ancestros; esto es, como un soñador convocado por otro soñador (el hablador, cuentista, juglar, trovero, dramaturgo o novelista) para subvertir juntos la vida que es. ¿Por qué subvertir? La razón es simple: tenemos una vida pero deseamos mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones (Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras, p. 23). La ficción literaria es el lugar donde se viven las vidas imaginadas y se descubre, no sin sorpresa, que otro mundo es posible, porque en la mentira que es la ficción se ocultan verdades camufladas acerca de nosotros mismos, a veces grotescas y horrendas, a veces exuberantes y felices; por eso los censores, burócratas y dictadores de todos los tiempos y pelajes, prisioneros del miedo, reprimen la imaginación y añoran controlarla, creen que así evitan el desasosiego, la rebelión en la granja, el desajuste en el rebaño. Vano intento, nada hay más poderoso que la imaginación y la libertad civil, circunstancia que resume el dictamen de la Academia Sueca al afirmar, refiriéndose a la obra de Vargas Llosa, que ella es una ‘ cartografía de las estructuras del poder’ y expresión en’ afiladas imágenes’ de la resistencia y la rebelión.

II. Entrega y propósito. Se sabe que la vocación literaria acompaña a Vargas Llosa desde su infancia y primera adolescencia. Si bien es en los sesenta que adquiere notoriedad con sus primeras tres novelas –La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral – debe tenerse presente que en los cincuenta escribe relatos breves como El desafío y Los jefes, y la obra de teatro La huida del inca. Lo anterior hace suponer que la seducción de la ficción conquistó al nuevo Premio Nobel de Literatura en algún momento situado antes de los catorce años de edad, ahí empezó la rebelión de Vargas Llosa, su gigantesco esfuerzo desmitificador. Este precoz comienzo explica, quizás, dos constantes en la vida del novelista: su búsqueda obsesiva de la novela total y su temprana entrega sin reservas al arte narrativo. ‘Mi escritura – dijo hace poco – es mi vida, es lo que soy. Soy la literatura que he hecho(Citado por Juan Cruz en “Servidumbre y gozo”, El País, España, 7/10/2010). A la novela total la entiende Vargas Llosa como la construcción de un universo narrativo completo, autosuficiente en su magia verbal, con principio y fin, que cubre todos los niveles de la realidad y compite con el mundo de la no ficción.

III. Crítico del fanatismo. En su producción, Vargas Llosa se muestra como un crítico sistemático, hondo y mordaz de ese producto deformado de la ficción: los fanatismos, sean del tipo que sean. A este respecto, conviene recordar que el fanatismo es el producto del dogmatismo y que este último se deriva de un esquema mental primitivo, casi un atavismo salvaje. ¿Qué esquema es este? Se puede enunciar en los siguientes postulados: existe una verdad, existe un conocimiento de esa verdad, una pequeña fracción de personas tiene ese conocimiento, y por lo tanto conoce el secreto de la felicidad propia y ajena. Se comprende, sin mucho andar, que cuando un individuo o grupo se inspira en semejante mentalidad termina conduciéndose como si fuese el elegido del destino, se transforma en un misionero permanente para el cual todos los demás están equivocados y deben ser convertidos. La intolerancia, el odio, el sectarismo, el terrorismo intelectual y otros rostros de la irracionalidad, nacen en este desequilibrio mental y emocional.

Al comentar la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, Vargas Llosa se refiere a uno de los hijos del fanatismo: la utopía de la sociedad perfecta y de la planificación centralizada, que para él ‘representa una inconsciente nostalgia de esclavitud, de regreso a ese estado de total entrega y sumisión, de falta de responsabilidad, que para muchos es también una forma de felicidad y que encarna la sociedad primitiva, la colectividad ancestral, mágica, anterior al nacimiento del individuo ‘reñida con la soberanía individual y con la libertad ( La verdad de las mentiras, p. 142). Y al estudiar La granja de los animales, novela escrita por George Orwell, nos recuerda que en aquella granja, donde según reza su mandamiento principal, todos los animales son iguales, se descubre que unos pocos animales han modificado ese principio para que se lea así: Todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros, y Vargas Llosa comenta: Esta adulteración fraudulenta del ideal original expresa la verdadera realidad de la granja, en la que impera la desigualdad más absoluta entre los que mandan y los que obedece (…). La parábola de Orwell –continúa su reflexión– no muestra, a mi juicio, que no haya soluciones. Más bien, que no hay soluciones definitivas, sino provisionales y precarias, que, por lo mismo, deben ser defendidas, revisadas y renovadas incesantemente’” (La verdad de las mentiras, pp. 247 y 251). ¿Revelan estos pensamientos algún otro aspecto básico del sentir y las ideas de Vargas Llosa? Sí, sin duda. Evidencian su apego al sentido primigenio del pensamiento liberal: El respeto irrestricto a la pluralidad de la condición humana, concreción de la libertad.

IV. Un nuevo ascenso. El Premio Nobel de Literatura para Mario Vargas Llosa anticipa un nuevo ascenso de la cultura narrativa latinoamericana y, en sentido más amplio, hispanoamericana. La producción literaria en estos años ha sido abundante, muchas luces se vislumbran. Veremos qué ocurre.

Tomado de La Nación, Costa Rica

Vargas Llosa, el sartrecillo valiente

El triunfo de Vargas Llosa es la victoria de la portentosa cultura latinoamericana

Martín Santiváñez Vivanco

Para mí, como para muchos amantes de su obra colosal, Mario Vargas Llosa es el sartrecillo valiente, un D’Artagnan de las letras destinado a triunfar sobre los misterios del tiempo y la historia. “Sartrecillo”, así lo llamaban sus mejores amigos cuando vivía a orillas del mar de Miraflores capturado por la prosa de Sartre, escribiendo y desechando manuscritos que luego habrían de transfigurarse en piezas maestras de la literatura universal. Sucede con los grandes escritores que sus fábulas se convierten en parte esencial de nuestras vidas. Son sus ensoñaciones la prolongación de nuestros deseos, vivimos en sus personajes y, por un segundo sublime, encontramos en ellos la belleza esquiva que con frecuencia nos niega la realidad.

El triunfo de Vargas Llosa es la victoria del hispanismo moderno y de la portentosa cultura latinoamericana. El Nobel con que la Academia sueca premia al hombre también ensalza el idioma que lo ha hecho grande. En un orbe interconectado en el que el inglés se ha convertido en el vehículo fundamental de la globalización, el castellano expande sus fueros, es objeto de admiración y sus palabras ayudan a crear un mundo mejor, más libre y solidario, más auténtico y real.

La autoridad del escritor es siempre personal, única, porque el arte continúa siendo una agonía individual. Los verdaderos artistas son oráculos de ideas. Vargas Llosa es consciente de ello. Por eso, de manera responsable, ha intervenido en los grandes debates de nuestro tiempo. No hay tema relevante que su poderosa inteligencia no haya analizado. La democracia tiene en él a uno de sus más sólidos defensores. Su pluma siempre, siempre ha estado al servicio de la libertad.

La literatura de Vargas Llosa fascina como el fuego y como el fuego ha de perpetuarse en la conciencia de la humanidad. Su devoción por el mundo perfecto de los libros y la religiosa entrega al trabajo de la que ha hecho gala desde que profesó el oficio de escribir, lo han consagrado como uno de los grandes exponentes del idioma castellano.

La vitalidad de la cultura latinoamericana, sus posibilidades infinitas de desarrollo y la relevancia que adquiere conforme los latinos conquistan el orbe, también se refleja en estos logros que señalan nuevos derroteros de prestigio.

Futuro brillante. Latinoamérica tiene mucho que ofrecer al mundo. En todos los ámbitos. No solo somos los herederos de una tradición milenaria en la que resplandecieron algunas de las más altas civilizaciones de la historia. Ahora, en pleno siglo XXI, los latinoamericanos seguimos creando en un marco de mestizaje y encuentro, una cultura originalísima que nos enriquece como continente. Latinoamérica tiene un pasado dorado y glorioso, sí. Pero también un futuro brillante, un horizonte por conquistar. Hay que sentir orgullo por ello. La cultura latinoamericana aporta a Occidente frescura, innovación y emprendimiento. El melting pot latino es fuente permanente de paraísos a la vuelta de la esquina. Con sus escritos, Vargas Llosa, valiente, ayuda a construir el porvenir de los que compartimos un idioma. Un destino mejor, más democrático y humano. Un gran destino latinoamericano.

Hoy, a los iberoamericanos, no nos cabe el corazón en el pecho. Como todos los de mi generación he crecido admirando su obra. Es la suya una historia de libertad consciente, aguerrida, implacable. Mario, a lo largo de su vida, ha sido absolutamente leal a sus principios, peleando por ellos, contra viento y marea, defendiéndolos ante las guerras del fin del mundo, con la pasión del escribidor convicto y confeso.

Merecía el Nobel y la inmortalidad. “Yo soy el Perú” ha dicho, abrazándose con su patria. Sí, maestro, eres el Perú. El Perú y Latinoamérica. Encarnas un continente de certezas. Y has elevado el idioma de nuestros padres a cumbres asombrosas que muy pocos exploradores lograrán alcanzar.

He aquí lo que un hombre libre puede hacer. Para nosotros, latinos que vivimos en la madre patria, este laurel anhelado nos transporta al lejano solar. ¡Cuántas cosas nos unen gracias al idioma! Vargas Llosa forma parte de este milagro. La diáspora latina encuentra en el castellano el elemento unificador, la posibilidad de síntesis, la hermandad trascendental con España y con todos los pueblos del mundo.

Latinoamérica, esa bendita tierra condenada a ser grande, es capaz de producir genios de la talla de Vargas Llosa, un peruano universal. Enhorabuena, sartrecillo valiente. Te lo mereces. Nos lo merecemos.

Tomado de La Nación, Costa Rica

Mario Vargas Llosa: Premio Nobel de Literatura 2010

El escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936) se convirtió ayer en el décimo autor de lengua española en ganar el Premio Nobel de Literatura y el primero desde 1990.

La Academia Sueca decidió honrar a Vargas Llosa con el galardón literario más prestigioso del mundo “por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo”, según consta en el sitio web de los premios Nobel.

Con una prolífica trayectoria que comprende diversos géneros literarios como novela, cuento, ensayo, teatro y crítica, Vargas Llosa es una de las figuras claves del llamado boom de la literatura latinoamericana de las décadas de los sesenta y setenta.

“Vargas Llosa es uno de los más notables narradores latinoamericanos y del mundo hispanohablante. Es un maestro en el uso del diálogo y entiende la novela como un todo. Cree en el poder de la ficción para lograr un mundo mejor”, declaró el secretario de la Academia Sueca, Peter Englund, en una entrevista para el sitio Nobelprize. org.

Con la designación de Vargas Llosa como Premio Nobel de Literatura 2010, las letras hispanas vuelven a tener un ganador entre sus filas, pues el último escritor de lengua española en recibir este galardón fue el poeta mexicano Octavio Paz, en 1990.

El autor de obras clásicas de la literatura latinoamericana como La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966), Conversación en la catedral (1969) y La fiesta del chivo (2000) recibió la llamada telefónica del propio Englund a las 5:30 a. m. en su residencia de Nueva York, mientras preparaba una lección para un curso en la Universidad de Princeton el próximo lunes.

El autor confesó que la noticia lo sorprendió y al principio creyó que podía tratarse de una broma de mal gusto, pues se consideraba fuera de la lista de los favoritos al PremioNobel desde hace muchos años.

Letras incisivas. A lo largo de toda su producción Vargas Llosa se ha caracterizado por plantear desde la literatura una severa crítica a los regímenes políticos autoritarios.

“Este un premio literario. Espero que me lo hayan dado por mi obra literaria, más que por mis opiniones políticas”, manifestó el escritor durante una conferencia de prensa en la sede del Instituto Cervantes de Nueva York.

Y es que desde su primera novela, La ciudad y los perros, este autor ha exteriorizado su repudio a la represión que ejercen los Gobiernos totalitarios sobre sus ciudadanos.

“Yo no creo que vaya a cambiar con motivo de este premio. Seguiré escribiendo sobre las cosas que más me estimulan. Seguiré en defensa de la democracia, la libertad, la opción liberal, y continuaré con las críticas a toda forma de autoritarismo”, declaró el autor.

Además del Nobel, Vargas Llosa atesora entre sus reconocimientos el Premio Príncipe de Asturias (1986) y el Premio Cervantes (1994), las dos distinciones más importantes que pueden recibir los escritores de habla hispana.

“La escritura de Llosa siempre ha sido experimental y explora distintas forma de contar historias, de representar el paso del tiempo y de combinar la realidad con la ficción”, escribió la experta en literatura Georgia Brown en un texto crítico para el sitio Nobelprize.org.

Tomado de La Nación, Costa Rica

Mario Vargas Llosa: “Sueño y realidad de América Latina”